Serrucho

Texto: Santiago Pajares

Ilustración: Clara Varela

 

 

Los humanos, esos pequeños monos calvos, creen que porque somos grandes y echamos fuego por la boca no tenemos sentimientos. No parecen concebir que necesitamos inmensos corazones y que, por lo tanto, son más frágiles. Tenemos distintas envolturas, pero compartimos una misma alma. Los dragones también lloramos.

 

Y todo es más difícil cuando las púas de tu espalda y tu cola parecen los dientes de un serrucho. De pequeño, los otros dragones me llamaban así, Serrucho, y el nombre se me quedó pegado. Mis compañeros sólo parecían preocuparse por quién podía echar más fuego más lejos, quién podía incendiar más cosas y causar más destrucción. Quién podía aterrorizar a más humanos. Sufrí mucho aquellos años, siendo demasiado aterrador para los hombres e inofensivo para los demás dragones. Supongo que me quedé un poco en medio.

 

Pero conforme me fui haciendo mayor encontré mi propio camino. Leí libros de biología y ciencias y aprendí que todos somos necesarios y útiles, que parecemos estar desconectados pero en realidad somos radios de la misma rueda. Eso es algo que ni siquiera los hombres, inclinados sobre sus planos, parecieron comprender nunca. Y que las púas de mi espalda también tienen una utilidad. Cuando los dragones que están aprendiendo a volar caen y quedan atrapados en las ramas de los bosques de bambú, nadie llama a ninguno de esos dragones que pueden lanzar más fuego más lejos y que podrían incendiar todo el bosque, me llaman a mí. Y yo uso mi cola dentada con precisión quirúrgica para liberar a las crías de las ramas de bambú y que puedan volver a alzar el vuelo. Y me llevo sus sonrisas de agradecimiento y leña para el fuego del hogar. Entonces, pongo las patas en alto, sonrío y leo a la luz de las brasas. Y ya nunca me vuelvo a sentir solo.

 

 

¿Quieres escucharlo en la voz de José?