Lucas

Romancillo del dragón prisionero

 

Texto e ilustraciones: Nono Granero

 

 

Dicen que hace tiempo,

muchas, muchas lunas,

había en este mundo

diversas criaturas,

que hoy no conocemos

más que por lecturas.

Si quieres saber

la historia de una,

abre tus orejas,

atiende y escucha:

 

Hubo, no hace tanto,

en una llanura

una gran dragona

de escamas muy duras,

de garras tremendas,

de tremenda altura

de color de fuego

y gran hermosura

que, después de un tiempo,

incuba que incuba,

tuvo un dragoncito:

una miniatura,

pequeño, pequeño,

igual que una oruga

al que bautizó

poniéndole Lucas.

 

La madre, contenta,

le canta y le arrulla,

le da de comer,

lo mece, lo acuna,

lo cuida mimosa

llena de ternura

haciendo que crezca

con tiento y mesura.

 

Felices vivían

allí, en la llanura,

hasta una mañana

en que la fortuna

quiso que un bellaco

de oscura armadura

que venía buscando

alguna aventura

los viera de lejos

entre la espesura.

 

¡Por fin! –gritó el hombre.

–¡Hallé una criatura

para demostrar

cuánta es mi bravura!

Y picando espuelas

sobre su montura

enristró la lanza,

gritó con locura:

–¡Serás mi trofeo!

¡No corras, no huyas!

 

Pero la dragona

al ver la armadura

de ese caballero

de atroz catadura,

miró al dragoncito

y llena de angustia

pensó en esconderlo

en zona segura.

Descubrió muy cerca

la entrada a una gruta:

una grieta fina,

como una ranura

en la que introdujo,

firme y con dulzura,

a su criaturita

dejándola oculta:

–No salgas de aquí,

no te muevas, Lucas.

Yo volveré pronto,

no hagas travesuras.

 

Y allí se quedó

el bueno de Lucas,

temblando de miedo,

junto a la abertura

oyendo a lo lejos

una barahúnda

de carreras, golpes,

un ruido de aúpa,

mientras crecía en él

una enorme duda:

–¿Quién irá ganando?

¿Cómo irá la lucha?

 

Por fin, el silencio

llenó la llanura

y así, muy despacio,

sin prisa ninguna,

fue pasando el tiempo.

Se asomó la luna

y dieron las once,

las doce, la una,

sin que retornara

su madre a la gruta.

¡Qué agobio tan grande!

¡Qué pena, qué angustia!

Al pasar los días

se dio cuenta Lucas

de que era un huérfano.

¡Ay, qué desventura!

Se quedó a vivir

en la cueva oscura

saliendo tan solo

de peras a uvas

para cazar algo

en noches oscuras

bajo la mirada

de alguna lechuza.

 

Y el tiempo, implacable,

siguió su andadura.

Pasaron los meses

y una noche Lucas

comprobó asombrado

que ya su estatura

no le permitía

cruzar la abertura.

¡Estaba encerrado

en aquella gruta!

Era prisionero

de esa sepultura.

 

Nunca más salió

de aquella angostura

que le provocaba

hasta contracturas.

Y fueron muy largos

años de clausura

hasta que un buen día

vio que entre la bruma

venía un chiquillo

directo a la gruta.

Se detuvo al lado

de la gris ranura.

Se sentó en la hierba,

sintió su frescura

y así reclinado

en esa postura

sacó un artefacto

de pinta raruna:

como unos papeles

con una envoltura.

Se puso a mirarlo

y una risa pura

le llenó los labios.

Intrigado, Lucas,

miró todo aquello

espiando a oscuras

sin entender nada,

con su boca muda.

 

En los días siguientes,

como un sigue y suma,

regresó el chiquillo

de nuevo a la gruta

haciendo lo mismo

tres semanas justas

hasta que un domingo

el bueno de Lucas

poniendo voz suave

le hizo una pregunta:

–¿Qué es eso que traes?

¿Qué es eso que usas

y te hace reír?

¿Qué es lo que disfrutas?

El niño, sin miedo,

miró con frescura

los ojos de fuego

y le explicó a Lucas:

–Esto que sostengo

es literatura.

Mira, ¿ves? Son cuentos.

Y esto, miniaturas...

Aquí, bien guardadas,

están aventuras,

historias lejanas,

hay mapas, hay rutas...

¡Aquí cabe el mundo,

todo, en esta funda!

–Y ¿cómo funciona?

–Sencillo: se apunta

y luego se lee.

–¿Leer? –dice Lucas.

–¿No sabes qué es eso?

–dice con ternura

el niño. Y propone:

–Mira, la lectura

se aprende, si quieres.

Mientras no me gruñas,

yo puedo guiarte

por la marabunta

de letras y trazos,

de rectas y curvas.

Verás que emprendiendo

esta singladura

se alivian tus males,

tu pena se cura.

Y en eso quedaron.

Por eso se juntan

y cada mañana

muestra el niño a Lucas

cómo van las letras,

qué es una mayúscula,

cómo es una "r",

cómo es una esdrújula,

hasta que consigue

que ensarte, una a una,

todas las palabras

y lea sin ayuda.

 

Hoy ya no hay prisión

que retenga a Lucas:

con un libro cerca

se escapa, se fuga

y recorre el mundo

viviendo aventuras,

volando en las alas

de su tapa dura.

 

¿Quieres escucharlo en la voz de Pilar y José?