Leo, el dragón lector

Texto: José Villota

Ilustración: Illot

 

Érase una vez un país que se llamaba Dragonia. Como os habréis imaginado por el nombre, se trataba de un lugar habitado por dragones. Allí, en ese bonito territorio, os podréis encontrar con el dragón plateado, el verde, el escarlata, el dorado y con el casi extinguido pinto, del que quedaban muy pocos ejemplares en todo el Universo.

Los dragones viven cientos y cientos de años. Son animales fieles, que defienden hasta la muerte cualquier cosa que pongan bajo su guardia y custodia. Por ello, todos los dragones, grandes y pequeños, se adiestran para la defensa. Aprenden a echar fuego por la boca, a manejar sus patas traseras y delanteras con sus fuertes y afiladas garras, y a utilizar su robusta cola a modo de látigo.

 

Por esa valentía son muy apreciados y siempre han sido animales muy buscados por los magos para que custodien desde princesas hasta tesoros.  

 

Un buen día, en el que un sol radiante, al amanecer, se destacaba sobre el cielo azul, todos los dragones habitantes de Dragonia estaban especialmente excitados. Corrían de un lado para otro. Estaban nerviosos. Os preguntaréis: “¿Por qué?” Muy sencillo, es el día de la entrada del equinoccio de primavera. Es el día de la Gran Fiesta.

  

Las calles de la capital se han engalanado con adornos preciosos y con farolillos de colores. Todas las banderas de Dragonia lucen en los balcones de las casas. En las aceras se han colocado numerosos puestos en los que se vende todo lo que les gusta a los dragones, desde dulces de estrellas hasta ¡culebras fritas!

 

Y en cuanto a los visitantes, la Fiesta es tan famosa que han llegado a la capital de Dragonia muchos forasteros de todos los lugares del Universo. También han acudido los más importantes magos conocidos, para hacer su selección anual de los mejores dragones a los que les encargarán las más difíciles misiones. Están todos los magos conocidos, desde Merlín a Fierabrás, ¡y también el temido gran mago Tirano!

 

Las condecoraciones ya están listas: las de oro, para el dragón que eche fuego más lejos; la de plata, para el más veloz; y la de bronce, para el más fuerte. Entre los muchos dragones que se preparan para la contienda está uno al que le llaman “el Dragón azul”.

 

Se da la señal y comienzan las competiciones y contiendas para conseguir los distintos premios. Nuestro protagonista, “el Dragón azul”, es el brillante ganador. Ha luchado con mucha nobleza y ha ganado a todos.

 

Al terminar la fiesta, el gran mago Tirano, que se ha fijado en “el Dragón azul”, le ha elegido para realizar una importante misión: ir a la Isla Apagada que está más allá del mar de las Letras, para vigilar a una persona de gran importancia. ¿Quién será? Pronto lo sabremos.

 

Nuestro amigo, “el Dragón azul”, se prepara con mucha alegría para realizar su misión. Siguiendo las indicaciones del mago Tirano, atraviesa batiendo sus alas varios mares, el mar de las Vocales, el mar de las Consonantes y el mar de las Letras, hasta llegar a su destino.

 

Cuando llega ve que la Isla Apagada tiene un gran volcán extinguido. Está llena de altos árboles con la corteza pelada y hay muchos pájaros caminantes, que no saben volar. En lo más frondoso y escondido de la isla, hay una cueva de oculto acceso, pero su interior es muy grande, tanto que llega casi a las entrañas del volcán de la Imaginación.

 

Allí entró nuestro dragón con toda su ilusión. Pero, al penetrar en la cueva, vio a la persona a la que tenía que custodiar y se desilusionó. Le había tocado custodiar a un hombrecito viejo y barbudo.

 

Para colmo, vio que el viejecito se pasaba todo el día, horas y horas, mirando unos curiosos objetos, que tenía apilados en montones. Tomaba uno, lo sujetaba entre las manos y pasaba mucho tiempo mirándolo. Luego lo cerraba y cogía otro, y así sucesivamente. Un día tras otro. Lo mismo de lo mismo.

 

A nuestro dragón todo esto le resultaba aburridísimo. Nunca había ocurrido que un dragón pudiese estar tanto tiempo sin hacer nada más que vigilar y vigilar. Él estaba adiestrado para luchar contra caballeros, derribarlos de sus caballos y hacerlos huir a la carrera totalmente asustados, haciéndoles flaquear las piernas. Pero allí no pasaba nunca nada.

 

-No entiendo la misión. Este hombre es inofensivo. ¿Quién le va a querer mal? Si al menos me hubiese tocado custodiar a una bella princesa podría contemplar su belleza -pensaba.

 

En cambio le había correspondido defender y vigilar a un viejo que no hacía nada más que mirar y mirar un extraño objeto, que nunca había visto antes.

 

El dragón miraba al hombrecito, una y otra vez, con gesto aburrido.

 

-¡Qué aburrimiento! Y, sin embargo, el viejo parece entretenido y, a veces, divertido. ¡Por mil dragones! Hasta se ríe –pensó.

 

No entendía que una persona pudiese pasar tanto tiempo mirando esos extraños objetos, que eran rarísimos. Estaban hechos por la unión de hojas cosidas unas a otras. Por el color debían ser como hojas de un árbol desconocido. Además, todas estaban pintarrajeadas con unos dibujos raros, extraños; aunque a veces había dibujos de dragones. Eso le gustaba más a “el Dragón azul”.

 

Un día no pudo más y le preguntó al anciano:

-¿Qué es eso que miras y miras durante tanto tiempo?

-Es un libro –le contestó el venerable barbudo sin ningún tipo de miedo.

-Y eso, ¿qué es? –preguntó el dragón.

-Un conjunto de hojas ilustradas por dibujos o por signos que expresan pensamientos o describen o cuentan cosas.

-¿Y para qué sirve? –preguntó el dragón con creciente interés.

-Para aprender y pensar en lo que han contado –respondió el barbudo, mirándole a los ojos.

-¿Qué quiere decir eso? –preguntó “el Dragón azul”, que no había entendido nada.

-Es sencillo. Por ejemplo, tú aprendiste a ser un buen dragón. ¿No es verdad? –preguntó el anciano a “el Dragón azul” sin dejar de mirarlo a los ojos.

-Sí, lo soy. Soy un buen dragón –dijo “el Dragón azul”, sacando pecho con gesto de orgullo.

-Además, ¿aprendiste a pensar y a actuar como un dragón, aunque no sepas lo que puede pasar y contra quién o qué tengas que enfrentarte? –preguntó el anciano, tratando de obtener un sí por respuesta.

-Sí. Así es. Nada me da miedo –respondió el dragón con gesto solemne.

-En efecto. Aprendiste a ser y pensar como un dragón –confirmó el anciano.

-¿Es que hay algo más? –preguntó “el Dragón azul” como si no hubiese en la vida nada más importante que ser un dragón.

-Sí, hay mucho más. Existen muchos mundos que componen el Universo y uno de ellos es el de la Sabiduría –dijo el anciano con gesto profundo.

-No sabía. ¿Y tú cómo sabes que hay otros mundos? –preguntó “el Dragón azul” con cierto aire de incredulidad.

-Pues leyendo esos signos, que están escritos por gente que los ha conocido y que nos cuenta lo que vio u oyó para que nosotros también podamos conocerlos –afirmó el anciano.

-¡Ah! Si eso es así, es increíble. ¿Podrías enseñarme a leer esos signos? –preguntó “el Dragón azul” con un brillo ilusionado en los ojos.

-Sí, te puedo enseñar a leer esos signos –dijo el anciano con gesto ceremonioso.

 

El hombrecito empezó a instruir al dragón. Al principio le costó mucho, pero como ponía mucho interés, “el Dragón azul” aprendió de forma rápida. Leía y leía. Llegó a leer con mucha rapidez. El maestro un día le dijo:

-Bueno, ya has aprendido a leer. Incluso lees más rápido que yo. ¿Qué te parece? –pregunto.

-Sí, me gusta. Es fantástico. He conocido muchas cosas sin moverme de la isla. Pero tú, ¿cómo has aprendido a leer? –preguntó “el Dragón azul”, como queriendo descubrir el secreto del viejo.

-¿Yo? Pues muy sencillo; en mi país todos desde pequeños aprendemos a leer los libros y a interpretarlos.

-¿Cuál es tu país? ¿Es que acaso no es este?

-No. Mi país es el Reino de la Sabiduría y yo soy su rey.

-Entonces, ¿por qué estás aquí tan lejos de los tuyos? –le preguntó el dragón.

-Pues porque el mago Tirano una noche cerrada y fría me capturó, secuestró todos los libros, me trajo a esta isla y desde entonces no me deja salir de aquí. Estoy bajo tu custodia para que no me escape y vuelva a mi lejano país, en donde él ha prohibido leer y que los ciudadanos puedan tener libros, para que se vuelvan ignorantes y así siempre dominarlos.

-Entiendo, y tú, a pesar de que en esta isla no te falta de nada y yo estoy para protegerte, no estás a gusto aquí.

-Así es, yo debería estar con los míos ayudando a defender la Sabiduría contra la tiranía de la Ignorancia.

-Bueno, pues yo te puedo ayudar. Si tú eres el rey del Reino de la Sabiduría, tu sitio es estar con los tuyos. Me parece bien luchar por que exista y se difunda la Sabiduría. Que todo el mundo pueda aprender a leer igual que yo lo he hecho y que pueda conocer muchas cosas.

Seguiré cumpliendo con mi obligación, hasta la muerte, para que nadie se te acerque, te capture ni te haga mal. Aunque soy un simple dragón, sabré protegerte. Estoy preparado para situaciones difíciles.

-No, tú no eres un simple dragón- le respondió el venerable anciano.

Dicho esto cogió un libro, como un rey con su espada cuando nombra caballero a un súbdito fiel, lo movió de izquierda a derecha de forma pausada, mientras decía estas palabras:

-Te llamarás Leo y te nombro Dragón Lector. A partir de ti surgirán nuevos dragones lectores. Tu fuerza, tu valentía y tu destreza, junto con tus conocimientos y sabiduría, los vas a poner al servicio de la lucha contra la tiranía de la Ignorancia.

El dragón, al escuchar esta nueva misión, se irguió, respiró hondo y exhaló una imponente bocanada de fuego por su boca en señal de su nobleza de dragón.

-Comienza, pues, contigo una estirpe de dragones cuya misión será orientar a los niños en el mundo de la lectura, proponiéndoles y acercándoles los libros más sugestivos que les diviertan. Con ello, aprenderán a recibir la Sabiduría del apasionante y fantástico mundo que encierran los libros infantiles –concluyó el venerable anciano.

 

Esta es la web de Illot:

http://illot.eu/

 

 

¿Queréis escuchar el cuento en las voces de Pilar y José?