Texto: María Menéndez-Ponte

Ilustración: Violeta Monreal

 

 

Pilar se dispuso a abrir la última caja de libros del pedido que había hecho.

 

Uf, estaba agotada. ¿Cuántas cajas había desembalado a lo largo de la mañana? Sin duda ese era el trabajo menos gratificante de un librero. ¡La de contracturas que tenía su espalda por causa de ello!

 

Tiró de la cinta de embalaje con fuerza y…

 

- ¿Eh? ¿Qué broma es esta? –se indignó.

 

¡La caja estaba repleta de pedacitos de páginas! Algunos del tamaño de un confeti. ¡Y los dos primeros libros tenían carcomidas las portadas!

 

Pilar estaba roja de furia y ya iba a llamar a la distribuidora, cuando un extraño sonido la detuvo.

 

- Fu… fu…fu…fu…

 

Y antes de que le diera tiempo a reaccionar, un extraño dragón rojo con patas de hombre, manos de mujer y dos colas en forma de flecha saltó fuera de la caja, se abalanzó sobre la botella de agua que tenía ella en el suelo y se la vació de una tacada. GLU. GLU. GLU…

 

Pilar pensó que abrir tanta caja y pasar tantas horas dentro de El Dragón Lector había afectado a su estado mental, así que respiró hondo antes de llamar a su marido, que estaba atendiendo a una clienta.

 

- Pe…pe…perdona –se disculpó el dragón con gesto contrito-. Pe…pero tenía que a…a…apagar el fu…fu…fuego. Lo…lo siento. Me salen lla… lla…maradas cuando llevo mucho tiempo sin be…ber.

 

- Y cuando te has dado una buena panzada de libros, ¿no? –le reprochó ella, como si hablar con un dragón fuera lo más natural del mundo.

 

El dragón iba a disculparse de nuevo, cuando  una niña china se coló en ese momento en el almacén.

 

- ¡Ahí, va! ¡Si es Fú! –exclamó.

 

Y corrió a abrazarlo.

 

- ¿Lo conoces? –se sorprendió Pilar.

 

- Claro. Es un dragón chino. Se alimenta de historias y es tartamudo. Pero cuando se las cuenta a los niños se le cura la tartamudez. Cuenta los mejores cuentos del mundo. Y se llama Fú, que, en chino, significa suerte. 

 

Pilar no estaba segura si la llegada de aquel dragón le traería suerte y si la niña se había inventado o no ese cuento, pero aceptó que se quedara en la librería.

 

Y nunca se arrepintió.

 

Los niños adoraban las historias que creaba a base de engullir páginas de libros. ¡Bien valía ese pequeño peaje que tenía que pagar!

 

 

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Esta es la web de Violeta:

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¿Queréis escuchar este cuento en las voces de Pilar y José?