Brush Lee

O CÓMO LOS DRAGONES EMPEZARON A USAR ORINAL

 

Texto: Lola Núñez

Ilustración: Alberto Sobrino

 

Cada mil años, más o menos, nace un dragón imperial. Sin saber por qué, una dragona pone un huevo de oro y, de él, nace la extraordinaria criatura.

Los dragones imperiales tienen dos características importantísimas: llegan al mundo siempre con un objeto que los caracteriza (una espada, una moneda, una corona…), y también tienen fama de ser muy, muy cabezotas.

Hace poco tiempo nació el último dragón imperial que se ha conocido. Cuando fue a romper su huevo, los sabios del mundo se reunieron junto a sus padres para ser testigos de la llegada del maravilloso ser. El dragoncito, verdoso y sonriente, rompió la dorada cáscara, asomó su cabecita desde el interior de su huevo y mostró orgulloso un libro.

-Brush Lee, así se llamará –gritó su madre muy contenta.

-Es un nombre maravilloso para un dragón lector–afirmaron los sabios.

La mamá dragona tomó al pequeñín entre sus patas y lo depositó dulcemente en su cuna. Cuando ella fue a coger el libro para dejarlo en la mesilla de noche, Brush se abrazó a él con fuerza y hasta gruñó un poquito para evitar que se lo arrebatara.

Y pasó el tiempo. Brush leía y leía a todas horas y cuando acaba de leer un libro lo cambiaba por otro inmediatamente. Siempre tenía un libro abierto entre sus patas.

Leía en la cama, leía en la bañera, leía en la piscina y en la mesa. Brush Lee siempre leía… menos cuando hacía caca, que tenía que adoptar una postura muy rara y no podía sujetar el libro ni mantenerlo abierto.

El dragoncito no estaba dispuesto a dejar de leer en ningún momento; por eso, después de pensarlo mucho, llegó a la conclusión de que hacer caca cada día era una tremenda pérdida de tiempo. Y un día, tomó una decisión: nunca más volvería a hacer caca y así no perdería ni un momento de lectura.

Cuando llevaba dos días sin hacer caca, su madre empezó a preocuparse y habló con él.

-Hace dos días que no vas al baño. ¿No tienes ganas de hacer caca?

Y el dragoncito respondió:

-Cuando hago caca no puedo leer, por eso he decidido no hacer caca nunca más.

La mamá dragona se quedó espantada ante la respuesta de su hijo y llamó a los sabios del reino, que llegaron de inmediato y hablaron con el dragoncito. Pero no consiguieron hacerle cambiar de idea.

-Si no hace caca, Brush enfermará –afirmó la mamá dragona muy preocupada.

Los sabios propusieron:

-Mandaremos emisarios a todos los rincones del reino para pedir ayuda. A lo mejor, alguien tiene una solución.

Pasó un día y otro más. Brush empezaba a ponerse de color marrón y tenía grandes retortijones, pero no dejaba de leer.

Al tercer día, apareció un enorme dragón junto a la puerta de su casa. Llevaba un objeto envuelto en una tela y solicitó ver al dragoncito imperial.

El recién llegado saludó muy ceremonioso a Brush.

-Pequeño emperador, ¿tienes ganas de hacer caca? –le preguntó.

-Pues claro –respondió Brush

-¿Y por qué no lo haces?

-Porque no quiero dejar de leer.

-¿Y si yo te diera algo que te permitiera hacer caca y leer al mismo tiempo?

-Eso sería estupendo –afirmó el pequeño sudando la gota gorda por los dolores de barriga que estaba sufriendo.

Entonces, el gran dragón levantó la tela que llevaba y dejó al descubierto un precioso orinal. Luego, propuso a Brush:

-Siéntate aquí.

El dragoncito hizo lo que le indicaba y, sin saber cómo, su intestino se puso en marcha. Estuvo haciendo caca un día entero, pero no le importó en absoluto porque no tuvo que dejar de leer ni un instante.

Y, así fue como, gracias al invento del orinal, Brush Lee pudo hacer caca y leer al mismo tiempo sin perder ni un momento.

Y tú, lector, ¿te pareces en algo a Brush Lee?

 

 

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