Bruno

Texto: Joaquín Londáiz

Ilustración: Marad

 

 

Como todas las noches, había llegado el momento de apagar las luces. Cuando su madre terminó de leerle el cuento, Luis se metió en la cama, pegó la cabeza a la almohada y tiró de las sábanas hasta prácticamente cubrir su nariz. Apenas dejó visibles sus temerosos ojitos azules y su rubia melena. Tenía cuatro años y le daba mucho miedo la oscuridad. Aunque a diario sus padres le aseguraban que en el armario que había frente a su cama no había ningún monstruo, que tampoco podía entrar a través de los barrotes de la ventana y que bajo su cama no había un lugar donde esconderse, Luis sabía que no era así. Los monstruos eran muy listos y sabían cómo entrar en su habitación para asustarle.
Pero aquella noche era especial. A su lado, Luis contaba con un nuevo amigo. Se trataba de un dragón alado de peluche, llamado Bruno. Apenas mediría un par de palmos de altura y era de color verde claro, aunque no en su totalidad. Su vientre era de color rosa, al igual que los lunares que cubrían buena parte de su cuerpo. Y sus cuernos, retorcidos como espirales, eran de vivos colores. Sin embargo, su aspecto era bonachón. Tenía unos grandes ojos azules cubiertos por dos anteojos dorados y siempre mostraba una alegre y contagiosa sonrisa. Era imposible mirarlo y no devolverle una sonrisa. Sus padres lo habían comprado en la juguetería de la esquina. El vendedor les había asegurado que era un dragón mágico y que, sin lugar a dudas, conseguiría que su hijo perdiese el miedo a la oscuridad. Los padres de Luis en ningún momento pensaron que aquel dragón pudiese hacer magia, pero sí les pareció simpático y se lo llevaron a casa.
La habitación estaba en silencio, prácticamente a oscuras. Por el resquicio de la puerta entraba un hilo de luz procedente del pasillo, pero nada más. Luis seguía con los ojos abiertos como platos. Tenía un mal presentimiento. Estaba seguro de que aquella noche volvería a aparecer en su dormitorio uno de los monstruos que más temía. Justo entonces, oyó un crujido en el interior del armario. Asustado, Luis comenzó a temblar. Agarró con fuerza a Bruno, su nuevo amigo.
Luis estaba tan concentrado en las puertas de su armario, que no se dio cuenta de que de su juguete salía un extraño humo de color azul. Unos segundos más tarde, el dragón Bruno había cobrado vida. Se hallaba sentado sobre la silla que había junto a la cama, leyendo un grueso libro. Y, por supuesto, su tamaño había crecido considerablemente

—¿De qué tienes miedo? —preguntó Bruno, con un tono de voz grave, pero a la vez cálido y amable.
—Del monstruo… —contestó Luis instintivamente—. ¡Bruno! ¡Eres tú!
El dragón apartó la vista del libro. Luis había abandonado su escondrijo en el interior de la cama y lo miraba asombrado.
—¿Acaso no tienes miedo de mí?
—Tú no me das miedo —dijo Luis, con confianza.
—Pero soy mucho más grande que tú, tengo cuernos y unos dientes enormes… —insistió Bruno.
Luis sacudió la cabeza.
—Tú no vienes a comerme…
Bruno estaba a punto de contestarle, cuando el armario se abrió de par en par. De él salió el monstruo más feo que uno se pudiese imaginar. Tenía grandes ojos amarillos y una boca repleta de dientes afilados. Su piel estaba recubierta de escamas negras y unas zarpas tan robustas como las de un león. De inmediato, Luis volvió a cubrirse con sus sábanas.
—Pero él sí —dijo Luis, con voz temblorosa.
—¿Con quién hablas? —preguntó el monstruo, mirando a un lado y otro de la cama en la que se encontraba el niño.
Luis tenía mucho miedo. No podía apartar la mirada de aquel monstruo tan horrible.
—Ya veo —dijo Bruno—. Así que es este monstruo el que te da miedo, ¿verdad?
Luis movió la cabeza afirmativamente.
—No debes temerle.
—¿Y si me come?
—No va a comerte —insistió Bruno.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
El monstruo estaba enfadado. Aquel chico estaba hablando solo y no le estaba prestando atención. Debía darle un buen susto.
—Porque es un producto de tu imaginación —dijo Bruno—. Te lo demostraré y así no volverás a tener miedo nunca más.
Al instante, los lunares rosas que cubrían la piel de Bruno comenzaron a brillar con fuerza. Entonces, como por arte de magia, uno de ellos se despegó y el suave aleteo de las alas de Bruno hizo que volase hasta la piel del monstruo. Uno a uno los lunares de Bruno cubrieron la piel del temible enemigo, solo que ya no resultaba tan temible. Recubierto con aquellos lunares rosas, el monstruo recordaba a un payaso de circo. Y al pensar en eso, Luis comenzó a reír y el monstruo, avergonzado, tuvo que huir de aquel cuarto para siempre.
—¡Tenías razón, Bruno! —exclamó Luis—. A partir de ahora, siempre que me encuentre con un monstruo o un fantasma, pensaré en tus lunares rosas. ¡Nunca más volveré a tener miedo por las noches!
—Has sido un valiente —reconoció Bruno—. Y ahora será mejor que te vayas a dormir.
Feliz por haber derrotado al monstruo, Luis se sumió en un profundo sueño. Sus padres se acercaron a su cuarto antes de acostarse. Se asomaron por la puerta y sonrieron al verle dormir tan tranquilo, abrazado a su dragón de peluche.

 

 

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