Adalberto

Texto: Javier Fernández Jiménez

Ilustración: Roselino López

 

 

Estar en aquella librería era tan especial que Adalberto no sabía dónde meterse, qué mirar, qué tocar, qué leer… había escuchado tanto, pero tanto tanto sobre El Dragón Lector y su mágico protector azul que estaba completamente alucinado. Se subió el cuello de la gabardina y se ajustó el sombrero, para que ninguno de los niños que leían, tocaban y miraban los libros sin parar le pudiesen descubrir. Pero claro, cuando uno está en una librería especial, acaba encontrando un libro especial y convirtiéndose en alguien especial… así que Adalberto, cuando vio aquel libro de dragones, princesas, caballeros y mofetas (sí, mofetas, ¿qué pasa?), no pudo evitar dar un salto de alegría y lanzar un gritito emocionado. Y ahí se descubrió el pastel, porque Adalberto no era un niño como los demás, ni una señora con un bolso de piel, ni siquiera era un señor con barba… no, qué va, era un dragón, pero con alas y todo, un dragón verde con plumas de colores en el cuello, un trébol de tres hojas en la punta de la cola y calcetines de lana de todos los colores a la vez. Sus alas tampoco eran demasiado normales (ni siquiera para ser un dragón), porque tenían forma de libros abiertos y, cuando volaba, dejaban a su alrededor un montón de letras de colores que sobrevolaban por encima de todo el mundo hasta que caían sobre un montón de personas y daban un millón de ideas.

Todo el mundo se quedó muy asombrado en la librería, todos menos el pequeño Hugo, que se acercó hasta el dragón recién descubierto y le regaló una sonrisa. Una sonrisa pequeñita al principio, pero que creció y creció y creció en el corazón de Adalberto hasta casi llegar a asustarle, porque le entró de repente un calor desconocido en el corazón y pensó que se quemaba por dentro. Y es que aquel calorcito era mucho más fuerte que el que le daban sus despeluchados calcetines de lana.

Dicen que el pobre dragón recién descubierto salió corriendo de la librería, pero sin llevarse un libro ni nada y que salió volando hacia las nubes sin dejar de reírse a carcajadas. Dicen que dejó a su paso tantas letras que se vio a un par de escritores recogiéndolas para escribir unos libros e incluso a dos niños que las necesitaban para un examen de lengua. Hugo recogió dos que habían caído sobre su cabeza, una era verde y la otra era azul, con las dos y alguna que salió de sí mismo creó la palabra VUELVE, la palabra SONRISA y la palabra ESTRAFALARIO (cosas que se les ocurren a los niños).

Y cuentan que algunos días después Adalberto regresó, aunque ya sin gabardina ni sombrero y que allí, en El Dragón Lector conoció nuevos libros, descubrió nuevas sonrisas e hizo nuevos amigos que llevarse hasta su casa más allá de las estrellas… pero eso ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día alguien os lo cuente.

 

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Esta es la web de Roselino:

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